CUENTOS TONTOS
Segundas partes
Muy, muy tarde. Supongo que esta vez en parte se justifica porque es el artículo más largo que jamás haya escrito. Incluso me atrevo a pensar que es uno de los artículos más largos que se hayan publicado en un blog. Que yo sepa nadie es tan pelotudo como para postear tanto texto junto.
Por suerte el gobierno me devolvió la hora que me había robado meses atrás. Lo que nadie le va a devolver a ellos son los millones de kilovatios que se gastaron de más en pos del ahorro energético.
Estos son los resultados de la encuesta ¿Cuál es tu preferencia dentro de aquel viejo interrogante social..?:
· Tubo de ensayo - 66.67%
· Cabeza de ratón - 33.33%
Creo que la nueva encuesta va a durar dos meses, si de todas maneras no vota casi nadie. (Jojojo!)
La que despedimos esta vez es la sección Cuentos. Éstas son las continuaciones de todas las historias que escribí a lo largo del ciclo. Abajo de todo, de yapa, les dejo también el cuento "Fe de ratas", que alguna vez prometí pero nunca había escrito hasta ahora.
Ojalá lo disfruten.
EL GRAN EXTRATERRESTRE
Los rayos ultravioleta lastiman con potencia estremecedora. No hay protector solar que pueda mantenernos a salvo. Tratamos de sobrevivir como camarones bisiestos. Nos estamos quedando sin capa de ozono.
Últimamente se pueden apreciar frecuentemente los eclipses lunares, entre otros fenómenos astronómicos. Para muchos son una maravillosa bendición de la naturaleza. Pero archivos secretos de la NASA confirman el supuesto delirio de algunos gamers ebrios, hay algo extraño tapando la luz de la Luna.
Jokislis era El Gran Extraterrestre, un ser gigantesco y horripilante, el último sobreviviente de una lejana galaxia. Cada tanto aparecía, con un vaso de gaseosa y un pedazo de planeta, y se sentaba delante de nuestro satélite, observando a la Tierra, planeando su venganza.
Ya había sido detenido una vez, por eso nadie le temía demasiado. Aunque los entendidos se preocuparon bastante cuando se morfó a Plutón de un solo bocado. Después salieron con eso de que ya no se lo considera un planeta, porque es muy chico, porque tiene otra órbita, y algunas otras excusas. ¡Patrañas! La verdad es que no existe más y no quieren que la gente lo sepa.
No era solo la sed de venganza lo que movilizaba a Jokislis. Más que nada era el hambre. Había algo especial que lo atraía de la Tierra, un olorcito delicioso que le hacía saber que allí lo esperaba un manjar.
Quizás no le temieran, pero lo que seguro nadie se esperaba era un ataque tan terriblemente organizado. Envió primero una gran flota de naves comandadas por seres esclavizados tras la destrucción de sus mundos. La NASA, los rusos y todo gobierno u organismo que contara con los medios, se aprestó a la dura batalla espacial.
Aprovechando la confusión y el constante centelleo de rayos cósmicos, El Gran Extraterrestre se abrió paso a través del agujero de ozono, que actualmente es lo suficientemente grande como para que él pueda transitarlo. Cubrían su cuerpo unas algas que encontrara en el planeta Thanagar, las cuales lo hacían resistente a la gravedad terrestre.
Se acercó rápidamente hacia ese aroma que tanto lo atraía, el de un incendio forestal. Masticó algunos de los árboles envueltos en llamas. Pero éstos no eran como los que había probado en otros lugares, estaban llenos de odio y dolor. Quiso quitarse el horrible sabor de su boca. Bebió con desesperación de un río marrón, pero el agua estaba tan contaminada, tan putrefacta, que las algas que lo protegían se murieron, y él fue violentamente rechazado por la gravedad terrestre, desapareciendo para siempre en la oscuridad del espacio exterior.
LA HISTORIA DEL CHABONCITO QUE FUMABA MUÉRDAGO
La tarántula y el chaboncito que fumaba muérdago se habían hecho buenos amigos. Se juntaban todos los domingos en el bosque para armar cigarros, alucinar y jugar tejo de mesa. Fue así durante varios años, que pasaron tranquilos y alegres disfrutando de la mutua cordialidad.
Pero para endurecer un corazón algunas veces basta con que transcurra un poco de tiempo. El chaboncito empezó a visitar a su amiga cada vez menos seguido, hasta que un día no apareció más. Dejando de lado la promesa de no difundir la ancestral receta que le fuera conferida, puso un puestito en el centro donde vendía los originales cigarrillos a base de muérdago. El éxito fue inmediato. En cuestión de meses ya era dueño de una empresa que tenía plantas elaboradoras en todo el país e inclusive distribuía en el exterior. Tenía mucho dinero. Compró Mariati Medios e hizo que todas sus radios pasaran canciones de The Wailers las veinticuatro horas. En tanto, la tarántula vivía triste y solitaria en un bosque que estaba siendo íntegramente talado para fabricar papelillos para los cigarrillos que elaboraba la empresa del chaboncito.
Él también estaba solo. Tenía sus millones, sus rameras, su Play Station 3 barnizada en oro, pero nadie con quien hablar. Una lluviosa madrugada, aparecieron en su mansión una decena de avestruces armadas hasta los picos asegurando ser hijas de la que él matase tiempo atrás. Estaba perdido. Rezar no le serviría de nada en esos momentos.
Lo único que podía salvarlo era la oportuna presencia de la tarántula, quien había llegado hasta allí para recriminarle la inminente destrucción de su hábitat. El chaboncito, totalmente arrepentido y temiendo por su vida, en nombre de la perdida amistad le pidió perdón de rodillas por todo lo que había hecho. Logró ablandar el corazón de la tarántula. Luego de un sonoro silbido se hicieron presentes cientos de arañas que doblegaron a los avestruces guerrilleros.
El chaboncito que fumaba muérdago y la tarántula se reconciliaron, volvieron prometer estar juntos para siempre. Detuvieron la tala de árboles, reemplazando los papelillos por unos hechos a base de material reciclado. Dirigieron juntos la exitosa empresa, llegando a juntar tanto dinero como para comprar Google. Se dedicaron también a la cría de avestruces, y a la producción de cine zoofílico. Y tuvieron tres hijos: Coco, Cili y Papatenuteck.
RETROCESO
Un poco mojado pero ya desinfectado, Mirx se encaminó nuevamente hacia la escuela, con su kijuder con la foto de Pampita en mano. Luego de esperar algunos minutos la tele transportadora, cayó en la cuenta de que era demasiado tarde, seguramente ya habría pasado y el siguiente llegaría dos horas después.
Buscó en su kijuder algunos points para poder alquilar un desintegrador biofísico, pero su madre le había afanado todo el dinero. De modo que lo único que le quedó fue comprar un burro a un vago que pasaba. Tenía que llegar a la cárcel si o si, faltar no es opción cuando está planeado un torneo de Winning Eleven 74 a muerte.
La mala suerte de Mirx no cesaba. En la primera intersección el tránsito estaba detenido por una manifestación de spoilers, con pancartas a leds y todo eso. El mozzarello (policía) advirtió a los presentes que cerraran los ojos y se taparan los oídos. Mirx no lo escuchó, había algo zumbando dentro de su cerebro que lo tenía a maltraer. Entonces uno de los spoliers aprovechó su distracción para acercarse y comerse al burro. Cuando el muchacho cayó al piso oyó como se alejaba el spoiler dejándole un mensaje: su madre iba a ser atacada por un pirata informático.
Mirx se desesperó. Casualmente el zumbido se debía a varios troyanos que habían penetrado en su organismo mientras tenía las defensas bajas. Los mismos comenzaron a transformarlo en caballo, lo que le dio la velocidad suficiente como para correr hacia la casa.
Efectivamente allí, antes de que él llegara, mientras su madre sacaba la papelera de reciclaje pasó surcando la red un pirata informático en su barco de tres velas. El tipo bajó y encerró a la mujer en una de las habitaciones del bien amoblado chalet, con intención de extraerle el IP.
Cuando estaba por lograr su objetivo, llegó al lugar Mirx junto con una docena de mozzarellos. Viéndose acorralado, el pirata subió al desván para reflexionar. Encontró allí la máquina para viajar en el tiempo que fuera utilizada en la primera parte de esta historia. Se tele transportó al pasado, quince años atrás, al momento preciso en que él se debatía entre ser hacker o cracker, para decirse a sí mismo que estaba haciendo la elección equivocada. Este estúpido acto enfrentó dos realidades distintas e hizo que el universo colapsara y se autodestruyera para luego fusionarse en un gran osito de goma cosmética.
EL SCANNER
Jimmy acomodaba los grilletes, solo y dentro de su celda. Vio una grieta en la pared, a través del muro una luz. Se atrevió a espiar allí, el mundo girando para él.
Literalmente. Como si estuviera viajando en una nave espacial, a millones de kilómetros del Planeta Tierra, que se veía cada vez más pequeño hasta que se perdió entre las estrellas y los cromosomas asesinos. De repente todo se tiñó de un pútrido rojo sangre y comenzó a oler a orines. Una mujer desnuda vomitó un dinosaurio violeta y varios Rugrats. Todos juntos rasgaron la pared hasta que finalmente cedió. Fue entonces que las rejas se abrieron y entraron dos hombres desnudos con cascos de bomberos que atacaron con extintores a los extraños visitantes.
Jimmy aprovechó para escapar, luego de romper las cadenas a mordiscones. Corrió a través de un largo pasillo de luminarias intermitentes que terminaba en una ventana. A través de ella se veía el espacio exterior, lleno de estrellas, planetas, máscaras de Aldo Pedro Poy, ciruelas enormes, cigarreras en forma de estabilizadores de tensión, remeras de los Rolling Stones fumando habanos, y… un scanner.
El jovencito rompió la ventana impulsivamente, antes de pensar lo que le pasaría al exponerse al vacío. Para su sorpresa flotaba, y respiraba con normalidad. Se acercó al scanner, que lo atrapó con una luz brillante, por demás de cegadora.
Cuando pudo recobrar la visión, estaba acostado en su cama, en su habitación, tal como la recordaba. Su computadora todavía estaba allí. La encendió con más desesperación que alegría, tan solo para descubrir que tenía un extraño sistema operativo, que el teclado tenía caracteres chinos y que en lugar del Mouse estaba el cadáver de su hámster Lucrecio.
Enloqueció. Lloró. Gritó. Parados junto a la puerta su madre, su padre, dos lesbianas y el negro que vende collares en San Martín y Rioja; reían desnudos y embadurnados en mermelada mientras Jimmy trataba de apuñalarse con el velador, sabiendo que su destino era un loquero o una película española.
DE MASAJISTAS Y CARTERAS
[#36 Un mundial más, una estrella menos, otro bichito al pedo]
Luzmila había sido masajista. Entre otras pocas cosas productivas que había sido en su vida. Cosas superfluas que no le interesaba recordar. Se le escaparon algunas lágrimas. Todo lo bueno habían sido sueños. No tenía nada a que aferrarse mientras caía de cabeza desde un piso 47. Escuchaba la risa del Destino susurrándole al oído. Iba a morir por una foto de Sandro. Por devolver una cartera de alguien a quien ni siquiera conocía. Alguien que estaba más cerca del piso por su obvio exceso de peso, pero que tras activar el paracaídas que le fuera devuelto comenzaba a elevarse.
Luzmila sintió que su corazón se detenía. Maldijo a la mujer rubia, a Sandro, a los mingitorios, al portero, a Zidane, y al dueño del Spa, aquel millonario sexy barrigón al que ya nunca podría decirle cuánto lo amaba.
Si los primeros pisos le habían parecido una eternidad, ahora los metros se le terminaban como en un suspiro. En un último arrebato de querer vivir, cerró los ojos y estiró los brazos con la esperanza de encontrar algo de lo que agarrarse. Lo consiguió. Tenía las manos en algo que colgaba de la entrepierna de la rubia. Ambas se elevaban.
Aterrizaron en el techo de un edificio cercano. La mujer rubia disipó las dudas de Luzmila. Bastante delirante, frecuentemente practicaba deportes de alto riesgo sin seguridad y en medio de la ciudad. Lo que le colgaba no era otra cosa que su miembro. Pero aclaró no ser un travesti sino un hombre disfrazado. Enseguida se quitó la máscara y la peluca. No era otro que el dueño del Spa, el jefe de Luzmila, que se había enamorado de ella y la espiaba en secreto de esta indignante manera.
Luzmila se conmovió y se entregó a él en un emotivo beso que duró unos tres o cuatro días. Créditos. Perdices. Final pelotudo pero final Félix al fin.
LA CORTA HISTORIA DE BOBUX
Bobux dejó escapar de entre sus nalgas un mortífero gas, que shockeó al agresor dejándolo tendido en el suelo.
Luego de levantarse los pantalones, Bobux volteó para ver al otro sujeto. Se espantó terriblemente pues era igual a él. Su cara, sus rulos, su vestimenta, era su vivo retrato.
Una multitud de las hormigas del limonero habían atacado la pierna derecha del extraño. A Bobux comenzó a arderle la misma extremidad. En el momento en que se inclinó para rascarse, el hombre que estaba en el piso recobró el conocimiento y lo agarró con fuerza. No pudiendo librarse, Bobux manoteó la pistola, que había quedado en el suelo, y le voló los sesos de un disparo al extraño enemigo.
Instantes después sintió una terrible jaqueca. Luego la sangre chorreando sobre su frente. Cayó muerto sobre su semejante, mientras detrás otro Bobux también se auto flagelaba.
A VER…
“A ver Gaby, ¿cuántos petes te hago hoy?” El chiste había pasado a ser como música para sus oídos. Gabriel Gael García Galíndez no tenía de que quejarse. Una vez que se hubo librado de los chascarrillos de la infancia y vengado de todos los bardeadores, tuvo una vida de fiesta. Gracias a sus atributos incursionó en el ambiente del cine. Trabajando como actor porno se hizo famoso, se llenó de dinero y mujeres exuberantes.
No la pasó nada mal. Pero el tiempo es tirano con todos, incluso para el tipo con el nombre más choto que pueda existir. Pasaron los años, su pellejo se arrugó y su amigo marchitó. Se retiró. Se jubiló. A pasar una vejez tranquila y alegre, pensó.
Se equivocó. No había ya nada que mostrar. Nada con lo que hacerse respetar. Nada que realmente hiciera que los demás dejaran de preocuparse por su nombre. El chascarrillo volvió a ser constante. Sus amigos, viejos borrachos, jubilados totalmente al pedo: “A ver Gael si algún día me ganas al ajedrez”, “A ver Gabriel, no te coles, esperá tu turno para tirarle migas a las palomas”, “A ver Gabriel si dejas de cagar en medio de la cancha de bochas”. En el PAMI: “A ver García, dese vuelta que tengo que meterle este tubo por atrás”, “A ver García Galíndez si me entiende, acá estamos de paro todos los días”. Hasta sus nietos se burlaban: “A ver Gabuelo si me lleva a las hamacas”, “A ver Gael si me das un par de diegos para comprar faso”.
No pudo soportarlo más. No quería terminar su existencia de esta humillante manera. Decidió asistir a la Justicia. El juez se apiadó ante su reclamo y aceptó otorgarle un cambio el nombre. Pasó a llamarse Marcelo Javier Samúl.
Contento por el logro, aliviado de su pesar, se dirigió a su casa a toda prisa. Tomó el teléfono y realizó tres llamadas, marcando tres números al azar.
1. “Hola, habla Marcelo.” “¿Qué Marcelo?” “Agachate y conocelo.”
2. “Hola, soy Javier.” “¿Qué Javier?” “El que te la puso en el palier.”
3. “Buen día, soy el señor Samúl.” “¿Qué Samúl?” “El que te la puso en el baúl.”
Por primera vez era él quien se reía gracias a su nombre. No podía ni quería contenerse. Rebozaba de alegría. No paraba de reírse. De repente la emoción fue tan inmensa que su corazón se detuvo. Cayó tieso en el living de su casa. Murió de un infarto, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
FE DE RATAS
“Cuenta la leyenda que en el reino de Ratonia el 80 % de la población practicaba el cristianismo. El gobierno monárquico había establecido muchas trabas que hacían imposible el bienestar y la convivencia de los budistas dentro del reino. Por eso un bien organizado grupo de ratas y ratones guerrilleros comenzó a gestar una batalla en contra del Estado…”
Asimismo, otros sectores de la sociedad empezaron a cuestionar las leyes y restricciones que establecía el gobierno junto con la Iglesia Católica. Vieron con esperanza como ganaban terreno las FARB (Fuerzas Armadas de Ratones Budistas). Muchos se unieron a este grupo insurgente. Otros tantos optaron por practicar en secreto diferentes religiones.
Mediante huelgas, secuestros extorsivos y violaciones a vedas y toques de queda estos muchos pequeños grupos no hacían más que ocasionar leves molestias al Estado. Los gobernantes controlaban la situación mediante olas masivas de despidos a empleados municipales, represión policial, anulación del cobro revertido y retenciones a las importaciones de queso. Hasta que un buen día, hoy recordado como “El Ratonazo”, la mayoría de los grupos acordaron salir a las calles para enfrentar juntos a la tiranía cristiana. Cada uno tenía sus planteos, sus ideales, pero todos pelearían juntos. Entre ellos se destacaban las ya nombradas FARB, también los ratones judíos, que exigían tickets canasta, feriados los sábados, elementos más filosos para realizar circuncisiones y entradas gratis para ver a Matisyahu; los evangelistas encabezados por el pastor Alemanno, que pedían que les habilitaran más canales de televisión por cable y cerraran cines o teatros para poder utilizarlos como templos; los de la Iglesia Maradoniana, que exigían que fuera feriado cada día del año en que Diego hubiera hecho un gol, que las entradas de la cancha no costaran una fortuna y que todos usaran peluca enrulada. Solo por nombrar algunas agrupaciones.
Juntos marcharon hacia el palacio de gobierno portando pancartas que decían “I hate you motherfucker christian” o que tenían la cara de Mauro Messana fumándose una maceta. Eran tantos que las fuerzas armadas de Ratonia no pudieron contenerlos. El rey estaba en jaque. Envió un fax pidiendo consejo a su viejo amigo, el rey de Gatonia. Éste estaba lo suficientemente viejo, borracho y enfermo como para no recordar quienes eran sus amigos o por qué no existen los cigarrillos de duraznos en almíbar. Tras malinterpretar el mensaje creyendo que se lo insultaba, envió sus tropas a tomar Ratonia.
El país de las ratas y los ratones no estaba preparado para una guerra. Menos con la problemática social en que se hallaban inmersos. Todos se escondieron bajo sus camas y rezaron a sus respectivos dioses. Pero la milagrosa salvación nunca llegó. Por suerte reaccionaron a tiempo, abandonaron toda creencia y pelearon juntos en contra de los gatos, a quienes expulsaron de su territorio con ayuda de algunos ovillos de lana gigantes. Luego derrocaron al rey, estableciendo un sistema más democrático.
Y así fue que las ratas y los ratones se enemistaron con los gatos, se volvieron ateos y dejaron de limarse los dientes de adelante.