miércoles, 20 de mayo de 2009


Taller mecánico




 

 


Ir a un taller mecánico es una de las experiencias más excitan­tes y aterradoras a las que alguien se pueda enfrentar. Yo no sé nada de mecánica, pero me encanta ver cómo se arreglan los automóviles ajenos. Calculo que he pasado por lo menos una cuarta parte de mi vida llevando el coche a arreglar y por eso creo conocer a todas las especies de mecánicos.

No son humanos, parecen engendras diabólicos sabios, capa­ces de saber cosas que los seres normales nunca comprendería­mos aunque nos lo propongamos, como por ejemplo cambiar una goma o limpiar un borne, solo para nombrar lo más difícil.

 

EL SEÑOR:

Cerca de nuestra casa siem­pre hay un "señor" que arregla coches en la calle, generalmen­te despeinado y vestido con una remera que alguna vez fue azul. Presume que no hay falla que no pueda arreglar y opina que todos los que arreglaron el vehículo anteriormente son unos ineptos que nos robaron. El único honrado es él mismo, según él mismo. Siempre hay algún amigo irresponsable que nos convence de llevar nuestro automóvil a su taller.

 

EL GENIO:

Son señores con muy poco humor que no aceptan que na­die opine del problema que uno sabe que tiene el coche que anda día y noche con nosotros. Uno le dice aterrorizado: "Creo que le está sonando la rueda delantera derecha". Él nos mira con un profundo desprecio y dice que no, que es la caja y que hay que bajar el motor a riesgo de tener que anillarlo, cambiar el árbol de levas, los pistones y, si sigue sonando, revisar una cosa misterio­sísima, la cual nunca he podido saber qué es, ni dónde queda, y que se llama cárter. Si el cliente es hombre, además, tiene que hacer como que entendió la explicación, o arriesgarse a realizar una pregunta del estilo: "Disculpe, ¿y qué es el árbol de levas?", provocando que todos los mecánicos del taller estallen en una carcajada mientras exclaman al unísono: "¡Ayyy ... se me rompió una uña…!”.

 

LOS AMIGOS:

Los que además del servicio ofrecen un apretón de manos, combinados con chistes, son peligrosísimos, porque la simpatía indica que, al final, le hacen caso al cliente, que en general no sa­be nada. Cuando uno les dice, por decir algo: "¿No serán los in­yectores?". Automáticamente, sin pensarlo, bajan los inyectores y... no, no eran. "Bueno, no se haga problema, vaya tranquilo que nosotros vamos a seguir desarmando. Cualquier casita le avisamos."

 

LOS MALANDRAS:

Normalmente tienen sus guaridas escondidas en tene­brosas carreteras o en recóndi­tos barrios. Estos talleres casi siempre los cuida un perro ne­gro, sarnoso y bravo. "Tranqui­lo fiera, que acá se trabaja a con­ciencia, legal y muy bien... ¿o no Cacho?",...y por allá debajo de un vehículo de dudosa pro­cedencia contesta Cacho: "Mse'... mse'... ".

 

LOS QUE USAN DELANTALES PULCROS:

Son talleres muy bien mon­tados. Cuando uno llega, casi no te dejan hablar y todo lo que uno explica lo va anotando una secretaria en una computado­ra. Ofrecen café y una salita de espera con revistas y musiqui­ta de Richard Clayderman.

Allí, otras personas con caras asustadas. Al rato te llaman por un altoparlante con una voz sen­sual: "Señor Caléndula... por favor pasar por la rampa número tres... ". Nos movemos a la rampa número tres, como si fuéra­mos al quirófano o a un funeral. Allí está tu coche con el capó y todas las puertas abiertas, rodeado de hombres pulcros de delan­tales blancos y azules, diciendo que "no" con la cabeza cada vez que ven cualquier pieza de nuestro automóvil. Al parecer, estos son los mejores mecánicos, porque son una combinación malé­fica de todos los anteriores.

 

 

SOCIEDAD 16 de julio de 2005

 

 


Tags: reflexión, humor, anónimo

Publicado por Annonimmox @ 19:26
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